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27 de octubre de 2017

Arqueología sin excavar en Extremadura

El Instituto de Arqueología de Extremadura utiliza técnicas de mínima invasión y no destructivas para hacer los mapas de los yacimientos extremeños sin alterarlos
Imágenes captadas por satélite, fotografía aérea, magnetometría, tomografía eléctrica o prospecciones sobre el terreno son algunas de las técnicas que utiliza la arqueología moderna y que se caracterizan por ser no destructivas. Es decir, no penetran en el terreno. Por el contrario, la excavación es un proceso destructivo en el cual se retiran todos los elementos y solo se dejan las estructuras. Al mismo tiempo, sacar a la luz aquello que estaba protegido por la tierra significa romper el equilibrio y dejar expuestos a la atmósfera los restos arqueológicos, lo que hace necesarias medidas de conservación. Por supuesto, pese a ser un procedimiento lento, la perforación del suelo continúa siendo fundamental para esta ciencia que trata de interpretar las civilizaciones antiguas a través de sus vestigios. Pero tan importante como explorar correctamente bajo el terreno es conocer el lugar exacto en el que hay que hacerlo y con estos métodos se puede saber qué hay en el interior de la tierra antes de iniciar las perforaciones.

Por su parte, las técnicas no destructivas permiten obtener mucha información y abarcar áreas muy amplias del territorio. «Tienen una buena fiabilidad y mediante su uso podemos descubrir elementos con una inversión menor que la de una excavación arqueológica», explica Victorino Mayoral, científico titular del Instituto de Arqueología-Merida (IAM). Él es el investigador responsable de varios proyectos que se están realizando en Extremadura con la utilización de técnicas no destructivas y que persiguen el objetivo de revalorizar las zonas arqueológicas.

Estos trabajos aportan un conocimiento que es muy útil en diversos ámbitos. Por un lado, los procedimientos que se siguen sin la necesidad de abrir zanjas permiten localizar nuevos yacimientos que todavía no han salido a la luz. En este sentido, se abre la posibilidad de conocer más y mejor donde hay restos arqueológicos enterrados, lo que serviría para realizar una mejor gestión del territorio. «Su existencia nos valdría para prevenir el daño al patrimonio y protegerlo», expone Mayoral, en relación a la posibilidad de controlar la urbanización de terrenos o el desarrollo de obras en determinadas zonas.

Desde el punto de vista científico, la aplicación de las técnicas no destructivas sirve para complementar el estudio de zonas en las que ya se sabe que hay restos del pasado y que no se excavan por falta de fondos o porque las expectativas de grandes hallazgos son reducidas. Sin embargo, el uso de estos métodos contribuye a realizar planos detallados sobre grandes yacimientos, de forma que ayuda a presentar el patrimonio al público. «No es lo mismo mostrar un yacimiento con una pequeña zona de excavación y unas cerámicas repartidas en un erial, que puede resultar de interés a un científico pero no es atractivo para la sociedad en general, que el entramado urbano de una ciudad, algo que sirve para comprender cómo era ese lugar», detalla el investigador, que avanza que el potencial del yacimiento de Villasviejas del Tamuja, en el término municipal de Botija (Cáceres), ha hecho que se pase de las hipótesis basadas en los datos de prospección a una plasmación más visual y comprensible para el público no especializado, como puede ser una reconstrucción tridimensional.

Íntimamente ligado con el aspecto anterior, el descubrimiento de nuevas zonas arqueológicas también sirve para dotar a los municipios de recursos turísticos, algo que era, precisamente, la idea de uno de los proyectos iniciados. «Es difícil que haya ciudades sin descubrir, pero sí hay pequeños asentamientos, como granjas o villas, de las que todavía no se conoce su ubicación. El inventario arqueológico extremeño es una recopilación de datos muy heterogénea y un rastreo exhaustivo de la superficie requeriría bastante tiempo», según Mayoral, que pone el foco sobre la necesidad de realizar estos trabajos con prontitud, porque el tiempo es el principal enemigo de los yacimientos, que pueden ser dañados por las labores agrarias o quedar sepultados para siempre por infraestructuras como parques solares, carreteras o vías de tren. «Por ejemplo, en la ciudad de Contributa Iulia, en Medina de las Torres (Badajoz), se descubrió un anfiteatro de cuya existencia se sospechaba, pero gracias a la fotografía aérea y a la geofísica pudo confirmarse y ver su ubicación y forma exacta», insiste el científico del IAM.

Más allá de las aplicaciones prácticas, las técnicas no destructivas tienen la ventaja de su rapidez a la hora de analizar amplias extensiones de terreno. Con la fotografía aérea se pueden cubrir grandes áreas en un solo vuelo y los sistemas geofísicos son más veloces que las excavaciones. Es cierto que las técnicas no destructivas no pueden ni deben competir con los trabajos de excavación, en los que la recuperación de objetos facilita saber cómo vivía la gente en el pasado, pero aportan mucha información para un ojo experto.

Y es que después de la recogida de datos llega el proceso de interpretación de los mismos, un paso fundamental y que debe ser realizado por arqueólogos. «Con una buena comprensión de los métodos el trabajo, el estudio de la información recabada resulta muy esclarecedor. Incluso es posible hacerse una idea del grado de conservación de lo que hay bajo la superficie», asegura el responsable de los proyectos.


RECOPILACIÓN
«Esto es arqueología de mínima invasión», define Mayoral, que entre las técnicas no destructivas que se utilizan cita los métodos de prospección geofísica y la toma de imágenes, que pueden ser captadas por satélites o mediante fotografía aérea y que también incluyen la utilización de sensores que van más allá del espectro visible, como los infrarrojos.

Por otra parte, el uso de radares, de equipos de conductividad eléctrica o de magnetómetros se enmarca en el apartado de la geofísica. La combinación de todas estas técnicas es necesaria para lograr unos resultados óptimos, ya que cada una de ellas se adapta mejor a una determinada zona y para un mismo espacio ofrecen una visión diferente que se suma y complementa a la de otros métodos.

Por ejemplo, la fotografía aérea funciona muy bien en campos de cereales, pero debe usarse en el momento óptimo. Éste se produce cuando el cultivo está madurando y si se realiza en la horas del día en las que el sol está rasante. El indicador de la presencia de elementos en el subsuelo es el cambio de tamaño de las plantas, lo cual se traduce en un cambio de tonalidad. «Un factor que condiciona el desarrollo de los cultivos es la arqueología. Las estructuras que los grupos humanos han dejado con el paso del tiempo influyen para mal en el crecimiento de las plantas. Donde hay acumulación de piedras hay un menor crecimiento de la planta y al contrario», comenta el investigador del IAM, especificando que este sistema funcionó muy bien en el yacimiento de Contributa Iulia.

Para zonas arqueológicas en las que no hay cultivos sirven los métodos geofísicos, como fue el caso de Villasviejas del Tamuja, con los que pueden cubrirse grandes superficies en muy poco tiempo. «Hemos abierto una ventana a un yacimiento de 15 hectáreas y conocemos su urbanismo sin necesidad de excavar», apostilla este arqueólogo.

Las imágenes captadas con sensores requieren un tratamiento especializado para hacer visible aquello que el ojo humano no es capaz de ver. «Los procedimientos informáticos son complicados, porque son necesarios software y programas especializados para el tratamiento de imágenes de un segmento del espectro electromagnético. Los especialistas en laboratorio, combinan las bandas y aplican los filtros», relata Mayoral.

El procedimiento más costoso, sin ser destructivo, es la prospección sobre el terreno, porque requiere mucho personal. El sistema de trabajo se basa en peinar el espacio a estudiar y documentar con posicionamiento del GPS todos los hallazgos realizados. Los más habituales son cerámicas y metales que han salido a la superficie debido a los trabajos agrícolas. A continuación, un programa informático calcula la densidad de puntos marcados. «Eso nos ayuda a interpretar y saber donde ahí había un asentamiento y hasta donde se extendía», según el responsable de estos proyectos.

En la actualidad, desde el IAM se está trabajando de manera muy intensa en la comarca de La Serena, donde ya hay yacimientos documentados, para localizar nuevos asentamientos. Estas acciones también cuentan con la participación de Cicytex, centro investigador con el que el Instituto Arqueológico comenzó a colaborar a principio de esta década, al igual que con Intromac. Afianzar esta relación ha sido uno de los aspectos más positivos de los proyectos realizados en común. La utilización de métodos similares para el estudio del suelo, aunque por motivos tan distintos como son la arqueología, la agricultura de precisión o el análisis de rocas, fue un poderoso aglutinante para compartir esfuerzos y trabajar en común en la gestión de los espacios agrarios.

13 de abril de 2015

Medios electromagnéticos desvelan restos arqueológicos en la plaza de toros de Sta. Cruz de Mudela (Ciudad Real)

La geofísica aplicada a la arqueología ha permitido el hallazgo de restos arqueológicos en la plaza de toros de Santa Cruz de Mudela, conocida con el nombre de Las Virtudes. En este proyecto se han empleado tecnologías como el georadar, la tomografía eléctrica y el "Nano-Tem", empleado por primera vez en Arqueología.
 Así, bajo el subsuelo de la plaza, se ha encontrado los muros de un edificio de al menos ocho metros de longitud por uno de alto además de otros materiales como algún ajuar personal, tejas y cerámicas. Elementos que en la actualidad están en proceso de investigación con el fin de determinar la cronología del yacimiento, por lo que se prevé que no sea hasta dentro de dos meses cuando se cuente con los resultados definitivos que determinen la época.
 

El proyecto, realizado desde la Universidad de Castilla-La Mancha en coordinación con el Ayuntamiento de Santa Cruz de Mudela y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, ha contado con el trabajo de un equipo altamente cualificado, formado por José Luis Sánchez, arqueólogo que ha dirigido la parte relacionada con la geofísica, Víctor López Menchero, que inició los trabajos de restauración y documentación histórico-artística y del arqueólogo Miguel Ángel Hervás, además del profesor Jesús Sánchez Vizcaíno y del ingeniero Óscar Merlo. Profesionales en el mundo de la historia y la arqueología que iniciaron los trabajos hace aproximadamente algo más de un año, tiempo en el que se ha trabajado en la ermita, en la plaza de toros y en los jardines perimetrales que rodean este Conjunto Histórico-Artístico.


MEDIOS ELECTROMAGNÉTICOS Y ELÉCTRICOS
Para el hallazgo se han empleado diferentes métodos, tanto electromagnéticos como eléctricos. Es el caso del georadar. Una técnica, explica José Luis Sánchez, que se ha utilizado en los últimos meses para encontrar la tumba de Cervantes en el Convento de las Trinitarias, de Madrid y que «permite estudiar grandes zonas de terreno en poco tiempo». Se ha utilizado además otras técnicas como la tomografía eléctrica y el nanotem, ésta última usada por primera vez en patrimonio para la detención de restos arqueológicos.

La plaza de Toros se remonta al S. XVII y es de planta cuadrada.


La geofísica aplicada a la arqueología es una herramienta «importante que ayuda a tener una visión de subsuelo de yacimientos creando mapas de estructuras que permiten conocer las zonas más importantes del yacimiento». De tal forma que «de no haberse hecho la geofísica se hubiera tenido que excavar en todo el entorno, algo imposible por los millones de euros que hubiera supuesto». 


CATAS EN EL 2% DE LA SUPERFICIE DE LA PLAZA
En este sentido, explica que la plaza tiene 1.400 metros cuadrados, pero «se hicieron catas de 20 metros cuadrados, lo que supone aproximadamente tan solo un dos por ciento de la superficie». Y es que, «justo en ese porcentaje se dio con el sitio y el metro que anunció la geofísica». De lo contrario, «se tendría que haber sondeado o excavado toda la plaza, por lo que este proceso ha permitido ahorrar tiempo y dinero».

 OTROS YACIMIENTOS

El sistema de la geofísica se ha empleado también en el yacimiento de la Bienvenida, en Almodóvar del Campo y en el yacimiento arqueológico de Castillejo del Bonete, situado en la localidad de Terrinches, aunque Sánchez lamenta que los lugares a nivel provincial y nacional en los que se ha utilizado esta técnica «son muy escasos» en comparación a otros países.

«Después de muchos años de excavaciones, algunos arqueólogos han empezado a darse cuenta que sirve y tiene una salida», argumenta el arqueólogo, quien resalta además que este tipo de hallazgos ayudan a revitalizar el turismo y la economía de la zona, pues «no solo es una cuestión científica sino que la arqueología también está destinada a tener un uso social y económico».
(Fuente: La Tribuna de Ciudad Real / Ana Pobes)

22 de noviembre de 2013

Descubren un foso defensivo en la ciudad íbera del Puig de Sant Andreu, en Ullastret (Gerona)

El empleo de la tomografía eléctrica en 3-D ha permitido descubrir un foso defensivo en la ciudad Ibérica del Puig de Sant Andreu de Ullastret (Baix Emporda, Gerona). El enclave data del siglo VI a.C y sus dimensiones y profundidad lo convierten en un elemento defensivo singular y poco habitual en las fortificaciones Ibéricas. La muralla tiene una longitud de 1,5 kilómetros.
Se estima que la muralla perimetral alcanzó una longitud de 1,5km. Actualmente están documentados 825 metros.
Según el responsable de la institución, Gabriel de Prado, el enclave data del siglo VI a.C y sus dimensiones y profundidad lo convierten en un elemento defensivo singular y poco habitual en las fortificaciones Ibéricas.

CAPITAL DE LOS INDIKETES
De Prado señala que el conjunto arqueológico de época ibérica de Ullastret está formado por dos grandes núcleos de hábitat (Puig de Sant Andreu e Illa d’en Reixac) que conforman conjuntamente la capital de un territorio de unos 2.775 km² que las fuentes antiguas atribuyen al pueblo ibero de los indigetes o indiketes.

Los dos asentamientos ocupaban una extensión conjunta superior a las15 hectáreas y constituyen el núcleo poblacional más importante de la cultura ibérica y uno de los más relevantes del mediterráneo noroccidental durante la edad del hierro.

La fortificación del Puig de San Andreu dispone de un sistema defensivo, la singularidad e importancia del cual se ha puesto de manifiesto reiteradamente en la bibliografía científica. El asentamiento se fortificó inicialmente a finales del siglo VI a.C con la construcción de una muralla, flanqueada por seis torres, que protegía la vertiente occidental de la colina.

LONGITUD APROXIMADA DE 1,5 KM

Durante la primera mitad del siglo IV a. C se amplió la superficie del oppidum de manera considerable, con la construcción de un nuevo recinto amurallado que incorporó al asentamiento la zona norte y la vertiente oriental de la colina, reformándose también de manera integral la anterior fortificación.

Se puede estimar que la muralla perimetral alcanzó una longitud aproximada de 1,5 Km. En la actualidad están documentados unos 825 m, señala el arqueólogo.

A pesar de que el Puig de Sant Andreu ha sido objeto de una investigación continuada desde el año 1947, no se habían documentado estructuras defensivas avanzadas tipo foso. No obstante, la variedad y complejidad hipológica de elementos defensivos representados en esta fortificación hacía prever la existencia de un elemento de estas características.
El Puig de Sant Andreu reúne, además, los dos factores que están presentes en las fortificaciones protohistóricas donde este elemento está representado. Por una parte dispone de un flanco muy accesible en el cual un foso representaría un elemento defensivo de gran eficacia.

Por otra parte, el tipo de suelo geológico, formado por areniscas y margas, no comporta que la extracción de la piedra para excavar el foso fuera de una gran dificultad. Partiendo de estas premisas, el año 2011 se realizaron diversos sondeos estratigráficos en el exterior del trazado occidental de la muralla.

Los resultados no fueron concluyentes, de forma que el año 2012, en el marco de una reunión de trabajo internacional, celebrado en Ullastret, sobre las diferentes técnicas de prospección geofísica aplicables a la arqueología, se decidió utilizar una de estas técnicas en la búsqueda de este posible foso.

TOMOGRAFÏA ELÉCTRICA EN 3-D
La técnica aplicada fue la tomografía eléctrica 3D utilizando un equipo de última generación operado por el ingeniero italiano Gianfranco Morelli de la empresa Geostudi Astier. Esta técnica permite determinar la distribución de la resistividad eléctrica del subsuelo obteniendo perfiles e imágenes en tres dimensiones y está especialmente indicada para la detección de estructuras negativas como es el caso de un foso.

Las anomalías detectadas en las dos tomografías realizadas en el exterior de la muralla occidental (torres I y II) permitieron confirmar la existencia de un foso avanzado a la muralla de unas dimensiones considerables.

FOSO EN PERFIL DE "U"
El foso, estructuralmente, presenta un perfil en U, dispone de una anchura mínima en la parte inferior de 8,10 m y una anchura máxima en la parte superior de 11,85 m, con una profundidad que alcanza en algunos puntos los 3,71 m. A partir de las prospecciones geofísicas, de los sondeos realizados y de algunas observaciones sobre el terreno, se puede intuir que el foso formaría parte de la estructura defensiva de la primera fortificación del siglo VI a.C. Este tendría una longitud total aproximada de 350 m y protegería completamente el flanco occidental del asentamiento en aquel comento.

En una primera estimación, se calcula que el volumen de piedra extraído en la construcción de este elemento defensivo podría haber llegado a los 12.500 m³, asegura el responsable del museo.

L’oppidum del Puig de Sant Andreu dispone de un sistema defensivo formado por la fortificación más compleja y elaborada de la cultura ibérica, que muestra numerosos elementos defensivos fuertemente influenciados por la arquitectura defensiva mas avanzada del mediterráneo central i oriental en aquel periodo.

El descubrimiento de un foso defensivo de esta magnitud, excavado enteramente en la roca, enfatiza mas si cabe la importancia de todo el conjunto que, sin duda, habría tenido una función defensiva y un aspecto disuasorio para los atacantes.

No obstante, por su monumentalidad, también habría sido un elemento simbólico, de prestigio y de demostración del potencial de la comunidad que lo construyó, concluye de Prado.